EXODO
Acrilico sobre lienzo 92 x 73 cm
pasupati
Acrilico sobre lienzo 92 x 73 cm
selene
Acrilico sobre tablero 87 x 61 cm
cliodhna
Acrilico sobre lienzo 100x 65 cm
coventina
Acrilico sobre lienzo 92 x 73 cm
"Éxodo" es una coreografía de la supervivencia en un plano de suspensión. En esta obra, el concepto de desplazamiento se aleja de lo físico para convertirse en un proceso de transmutación biológica. Las figuras centrales, estructuras oscuras y sinuosas, actúan como vehículos de una memoria celular que se desintegra y se expande simultáneamente. Exploro el tránsito entre estados de existencia, donde el vacío no es una ausencia, sino el medio fértil donde la forma busca un nuevo orden. Es una reflexión sobre el despojo necesario y la inercia de la vida por perpetuarse en lo desconocido.
En "Pasupati", la figura emerge como un eje de consciencia entre el caos y el orden. Exploro la divinidad no como un concepto externo, sino como una presencia orgánica y rotunda que habita la tormenta. La piel, teñida por el color de lo infinito, actúa como un umbral donde la anatomía se funde con la arquitectura de los mitos. Es una disección del arquetipo: el protector que nace de la tierra y se corona con el viento, una entidad suspendida en un tiempo que no conoce la medida del hombre, donde la forma es solo el eco de una fuerza antigua e inmutable.
En "Selene", la noche no es ausencia de luz, sino un escenario de revelación. Exploro el cuerpo como un vestigio mitológico, donde lo animal y lo humano convergen en una danza estática frente a la inmensidad del horizonte. Las figuras operan como arquetipos de una memoria lunar, habitando una temporalidad suspendida donde los símbolos —la cuerda, el instrumento, el cuerno— dejan de ser objetos para convertirse en extensiones del ser. Es una disección del rito silencioso: una búsqueda de la armonía en la extrañeza, bajo la mirada de un cielo que pulsa con la inercia de lo eterno.
"Cliodhna" no es un paisaje, sino un estado de consciencia. En esta obra, la figura totémica central se erige como un guardián de la percepción, mediando entre el plano terrenal —fragmentado en surcos de color— y un cielo cósmico presidido por la luna y entidades aladas. Exploro la arquitectura de lo sagrado y cómo ciertas deidades operan como portales hacia dimensiones olvidadas del ser. El río que atraviesa la composición funciona como un flujo de tiempo y memoria, invitando al espectador a una inmersión en lo inefable.
En "Coventina", la existencia se revela como un rito de paso perpetuo. Exploro la condición humana no como una forma fija, sino como una arquitectura orgánica en constante estado de devenir. La pieza presenta el cuerpo como un templo de marfil que se desploma ante la inmensidad de un vacío negro absoluto, un umbral donde el dolor y la belleza convergen en una danza estática. Los dragones naranja, tótems de una energía circular e inmutable, enmarcan esta transmutación, bajo la mirada de un ojo central que observa, imperturbable, la coreografía de la fragilidad y el eterno retorno. Es una disección visual del ser: un espacio donde la carne se vuelve símbolo y la transformación es la única verdad posible.